El Retrato en Roma

EL RETRATO EN ROMA

 
YARZA, Ignacio
La racionalidad de la ética de Aristóteles : un estudio sobre “Ética a Nicómaco” I
Pamplona : Ediciones Universidad de Navarra, 2001.

Uno de los aspectos que diferencian más en origen el arte romano del griego es el retrato. La importancia que todo lo relacionado con el culto familiar y de los ancestros posee en Roma tiene mucho que ver con ello. Polibio es uno de los más grandes historiadores de la Antigüedad. Rehén de los romanos, fue llevado a Roma, donde entró al servicio de los Escipiones. Escribió entonces una historia en la que comenta con entusiasmo algunas costumbres romanas que le llamaron la atención. Entre ellas, las relacionadas con la conmemoración funeraria, que tiene especial interés, además, con aspectos del retrato romano:

«Cuando entre los romanos muere un hombre ilustre, a la hora de llevarse de su residencia el cadáver lo conducen al ágora con gran pompa y lo colocan en el llamado foro; casi siempre lo ponen de pie, a la vista de todos, aunque alguna vez lo colocan reclinado.

El pueblo entero se aglomera en torno del difunto y, entonces, si a éste le queda algún hijo adulto y residente en Roma, éste, o en su defecto algún otro pariente, sube a la tribuna y diserta acerca de las virtudes del que ha muerto, de los hechos que en vida llevó a cabo. El resultado es que con la evocación y la memoria de estos hechos, que se ponen a la vista del pueblo —no sólo a los que tomaron parte en ellos sino a la de los demás— todo el mundo experimenta una emoción tal, que el duelo deja de parecer limitado a la familia y pasa a ser del pueblo entero. Luego se procede al enterramiento y, celebrados los ritos oportunos, se coloca una estatua del difunto en el lugar preferente de la casa, en una hornacina de madera. La escultura es una máscara que sobresale por su trabajo, en la plástica y el colorido tiene una gran semejanza con el difunto. En ocasión de sacrificios públicos se abren las hornacinas y las imágenes se adornan profusamente. Cuando fallece otro miembro ilustre de la familia, estas imágenes son conducidas también al acto del sepelio, siendo portadas por hombres que, por su talla y su aspecto, se parecen más al que reproduce la estatua, Estos, llamémosles representantes, lucen vestidos con franjas rojas si el difunto había sido cónsul o general, vestidos rojos si el muerto había sido censor, y si había entrado en Roma en triunfo o, al menos, lo había merecido, el atuendo es dorado. La conducción se efectúa con carros precedidos de haces, de hachas y de las otras insignias que acostumbran acompañar a los distintos magistrados, de acuerdo con la dignidad inherente al cargo que cada uno desempeñó en la República. Cuando llegan al foro se sientan todos en fila en sillas de marfil; no es fácil que los que aprecian la gloria y el bien contemplen un espectáculo más hermoso. ¿A quién no espolearía ver este conjunto de imágenes de hombres glorificados por su valor, que crecen vivas y animadas? ¿Qué espectáculo hay más bello? Además, el que perora sobre el que van a enterrar, cuando, en su discurso, ha acabado de tratar de él, entonces habla de los demás representados, comenzando por el más viejo, y explica sus gestas y sus éxitos. Así se renueva siempre la fama de los hombres óptimos por su valor, se inmortaliza la de los que realizaron nobles hazañas, el pueblo no la olvida y se transmite a las generaciones futuras la gloria de los bienhechores de la patria. Y lo que es más importante, esto empuja a los jóvenes a soportar cualquier cosa en el servicio del Estado para alcanzar la fama que obtienen los hombres valerosos» [1].

Polibio es la fuente más antigua que nos relata estas costumbres romanas, que considera antiguas, y que debían chocar a un griego que no acostumbraba a ver semejantes cosas. Sin embargo aunque cuenta la historia con detalle, no menciona el tipo de estatuas que se hacían, si bien se puede deducir por la indicación que se trata de máscaras pintadas. Es de destacar, además, que se hable de este personaje que en la procesión llevaba en su mano cabezas o bustos de antepasados. Cualquiera puede recordar al famoso Barberini Togatus, el hombre en pie que lleva dos bustos en las manos (Museo Capitolino, Roma) y se clasifica como de fines de la época republicana, reflejo exacto de esta costumbre. También se pone de manifiesto que si se buscaba el parecido y se hacían las cabezas sobre máscaras, la sensación de realismo debía ser muy acusada, como aparece en muchos retratos republicanos o de gusto “republicano”, donde los rasgos se marcan más aún de lo normal, debido al sistema con el que se han obtenido las mascarillas, que si era de un difunto tendría rasgos cadavéricos. De igual forma, había de sorprender al griego la presencia de bustos sin cuerpo, cuando en Grecia eso sería casi imposible. La costumbre debió continuar durante mucho tiempo, hasta que empezó a desaparecer con el Imperio. Es entonces cuando Plinio se queja amargamente de la pérdida de las ancestrales costumbres y la intrusión de modas extranjeras, lo que aprovecha para explicar con más detalle la costumbre descrita por Polibio:

«Otro era el tipo de cosas que había en los atrios de las casas de nuestros mayores con el solo objeto de ser contempladas: no había estatuas de artistas extranjeros, ni bronces, ni mármoles; se guardaban máscaras de cera cada una en un nicho; se tenían así retratos para las ceremonias fúnebres de la familia y, siempre, cuando alguien moría, estaban presentes todos los miembros de la familia que habían existido alguna vez. Las ramas del árbol genealógico discurrían por todas sus líneas hasta los retratos pintados. Los archivos familiares se llenaban de registros y menciones de los hechos llevados a cabo durante una magistratura. Fuera y en torno a los umbrales había otros retratos de almas ilustres que se fijaban junto con los despojos tomados al enemigo y que ni siquiera un nuevo comprador de la mansión podía descolgar; triunfaban eternas como recuerdos de la casa incluso si ésta cambiaba de dueño» [2].

«Estamos escuchando la queja de alguien que vive ya en tiempo de Vespasiano y añora las viejas costumbres de sus antepasados, aunque en otro momento se le vea entusiasmado por las obras griegas. El texto va precedido de otro que lo justifica donde explica los motivos de su añoranza» [3].

Entre la República y el Imperio (siglo I a.C. – siglo I d.C.) Polibio fue un personaje de cierta relevancia, no sólo como historiador. Nacido hacia 209 -208 a.C., su vida se prolonga durante buena parte del siglo siguiente. Vivió en Roma como rehén, pero lo hizo en excelentes condiciones, amigo más que prisionero de Publio Cornelio Escipión Emiliano, de esta familia filohelena, sintió curiosidad por todo lo nuevo que representaba ese mundo. Cuando quedó en libertad, volvió a Grecia. Se le llamó en alguna ocasión y volvió sin necesidad de presiones y ganó fama de buen mediador entre los griegos y los romanos. Tal vez por ello le dedicaron más de un monumento en su tierra. Así, Pausanias vio un relieve en el ágora de Megalópolis, su ciudad natal, en el área del recinto sagrado, donde se le representaba con una inscripción en la que era calificado de amigo de los romanos, pero trabajando para que cesara el odio de éstos hacia los griegos [4].

[1] POLIBIO, Historias, trad. y notas M.Balasch, Madrid, 1981,V – XV, lib. VI, 535, pp. 215 – 216.
[2] PLINIO, XXXV, 6 – 7 (PLINE, Op. cit. lib. XXXV, pp. 38 – 39; Plinio. Textos de Historia del Arte, pp. 74 – 75).
[3] Una introducción al tema de la muerte y su celebración en el mundo romano, posterior a los antiguos y luminosos estudios de Franz Cumont, es el de TOYNBEE, J. M. C., Death and burial in the coman world, Londres, 1971.
[4] PAUSANIAS, Descripción, VIII, 30,8.

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